Opinión

Un mejor futuro para las mujeres (Carta a mis dos hijas)

Por Alejandro Espriú Guerra

Cuando yo tenía cuatro años -prácticamente la edad de la más pequeña de ustedes hoy-, el sismo de 1985 se convirtió en el más significativo y dañino de los desastres naturales que hubiera experimentado el país. No obstante, dentro del caos y la desesperanza, la solidaridad de millones de personas que ayudaron en el rescate de innumerables víctimas se abrió paso entre la tragedia y plantó una semilla que ayudó a mover conciencias y transformó la vida social de nuestro país. México cambió.

Pocos años después, en 1988, cuando yo tenía siete años -casi la misma edad que actualmente tiene la mayor de ustedes-, la sociedad mexicana enfrentó una nueva conmoción, esta vez de naturaleza política. Con la caída del sistema (de conteo de votos) para elegir al presidente de la República, se desmoronó también la ilusión que habían construido millones de personas de vivir tiempos mejores asociados a la alternancia de las élites y del partido político en el poder. Pero una vez más, de entre la desesperanza y la frustración, surgieron nuevas posibilidades. A pesar del sentimiento de fraude, la elección de ese año provocó -como resultado de intensas movilizaciones- una profunda toma de conciencia entre la población respecto a la participación ciudadana y el voto como vehículos adecuados para lograr cualquier cambio.

Tres décadas después, la tragedia que enfrenta nuestro país es totalmente distinta. Si bien los desastres naturales y los atropellos políticos siguen figurando en la agenda nacional, los fenómenos que tienen de rodillas a México son ahora sociales: la impunidad, la delincuencia y, particularmente, la violencia. En los últimos quince años, nuestro país ha visto crecer de manera acelerada prácticamente todos sus registros de conductas violentas: homicidios, lesiones, torturas, ejecuciones, desapariciones y violación a los derechos humanos de distintos grupos vulnerables. No obstante, la violencia más dañina y extendida ha sido indudablemente la ejercida contra las mujeres. Su retrato es simplemente aterrador: la violencia que ejercen parejas, esposos, exnovios o exesposos contra las mujeres es «severa y muy severa» en más de 6 de cada 10 casos, llegando a situaciones extremas, como el feminicidio, más frecuente de lo que cualquiera pudiera concebir. En México, cada dos horas y media en promedio, una mujer es asesinada por el simple hecho de ser mujer. Son también las víctimas en 9 de cada 10 delitos sexuales y las que más sensación de inseguridad experimentan (82%).

Como padre, no imagino una realidad más hostil e intimidante para ustedes -y todas las niñas del país-, como la que revelan estas cifras. Y esto me cimbra. Para mí ha sido un viaje perturbador descubrir que es el resultado del mundo que -como hombres- hemos construido a nuestro favor, desde nuestras formas y miradas, en todos los ámbitos y en todos los espacios (públicos y privados) como mecanismo de predominancia y poder, para mantener nuestros privilegios y prerrogativas. Y me sacude terriblemente entender que por eso la violencia hacia las mujeres está tan arraigada y es tan tolerada, tan poco castigada. Basta con mirar los estadíos tan desoladores que como sociedad hemos alcanzado. Resulta estremecedor.

Ustedes saben bien que he dedicado gran parte de mi vida profesional a trabajar por la seguridad, la paz y el acceso a la justicia. Por ello, he tenido la oportunidad de ayudar a muchas personas, pero también he entrado en contacto directo con el sufrimiento de numerosas víctimas, la enorme mayoría mujeres cuyas parejas o familiares se han sentido con derecho a despojarlas de lo más valioso que poseen: su dignidad. Y es duro darse cuenta que lo hacen simplemente porque pueden, porque encuentran en la sociedad machista en la que vivimos las justificaciones que necesitan y porque, siendo una conducta tan aceptada y normalizada en nuestra cultura, saben que no recibirán castigo alguno. Ni siquiera social.

De todo ello he aprendido que la invisibilización de las mujeres ocurre en su expresión más extrema cuando se atropella impunemente su integridad, pero que ésta se da cotidianamente, de manera sutil, cuando no les reconocemos igualitariamente en los distintos espacios en los que se desenvuelven o, incluso, cuando ni siquiera somos capaces de utilizar un lenguaje incluyente o no sexista. Esto último no es un asunto menor, va más allá de la pura semántica. Desde mi perspectiva, se trata de comenzar a hacernos cargo de una deuda social para acabar con las narrativas que históricamente han y siguen desvalorizando a las mujeres. Y es por esta razón que, aunque ustedes son todavía muy pequeñas para percibirlo, en casa continuamente mamá y yo les corregimos el lenguaje -¿ya ven? ¡No es nada más por fastidiarlas!-.

Como todas las madres y padres del mundo, no hay cosa que deseemos más que verlas crecer en entornos seguros y aspiracionalmente felices. Sin embargo, dejando de lado las limitaciones que todas las personas tenemos, he de confesarles que cada día nos resulta más difícil educarlas y prepararlas para un mundo que no sabemos bien cómo enfrentar. Definir e intentar aplicar métodos de crianza que pongan límites al tiempo, que estimulen su crecimiento integral, es ya en sí mismo una tarea ardua y muchas veces frustrante. Pero a eso agregarle el esfuerzo que significa mantenerlas al margen de la normalización de la violencia (de género) en un espectro tan amplio, que va desde estereotipos  y el uso de expresiones tan simples pero tan nocivas como “el último es vieja” o “lloras como niña”, hasta la aceptación de contenidos violentos en películas y canciones que circulan todo el tiempo sin que “a nadie” le parezca equivocado, resulta sumamente frustrante y desgastante. Es contracultura. Y de pronto parece tan grande como estar peleando contra Goliath. Si así me siento yo, como hombre con todo tipo de privilegios, no puedo siquiera imaginar la variedad de sentimientos que las mujeres deben enfrentar todos los días, en todos sus espacios de vida y en la relación con el mundo en general.  

Pero así como ha sucedido en otros momentos grises, como los que les contaba del ’85 y el ’88, las tragedias a veces vienen aparejadas de movimientos disruptivos que permiten a las colectividades cobrar consciencia de la inviabilidad de permanecer en las mismas condiciones.

Quiero contarles que el 2019, año que recién terminó, vio llegar a México -y dar la vuelta al mundo, con sede en Chile- el himno “el violador eres tú”, un performance con un enérgico mensaje feminista que coronó al movimiento de colectivos de mujeres que anteriormente habían denunciado en redes la violencia de género a través del #MeToo o habían salido a marchar a las calles, a manera de protesta. Recuerdo lo poderoso que me pareció, cuando vi por primera vez el video que mostraba a cientos de mujeres jóvenes cantarlo y bailarlo al unísono, y posteriormente lo impactante que resultó verlo replicarse -y reproducirse de manera viral- por distintas ciudades, en espacios públicos y privados (plazas, universidades, organizaciones, etc.) del país. Me conmovió; me sensibilizó. Pensé entonces con entusiasmo que ésta probablemente será -porque quiero creer que apenas empieza- la movilización social que marcará a mi generación. Liderada por mujeres. Y deseo que, en esta ocasión, México cambie. Y he decidido ser un aliado, porque no imagino un futuro más esperanzador para ustedes que aquel en el que no sientan miedo de transportarse, caminar por las calles o salir a divertirse; en el que sepan que cualquier persona que pueda violentarlas recibirá su castigo y en el que tengan la certeza de que serán reconocidas por sus méritos y capacidades.

Queridas hijas, en el inicio de esta nueva década, mi mayor deseo es que, dentro de muchos años, cuando ustedes crezcan y tengan edad suficiente para relacionarse con el contenido de esta carta, se encuentren disfrutando de un presente menos machista y menos patriarcal. Que la violencia desbordada -estructural, física y cultural- que viven actualmente las mujeres sea para ustedes, en su adultez, tan solo un recuerdo lejano, borroso, como los míos del sismo y del fraude electoral. Que puedan disfrutar de los logros del movimiento feminista (iniciado hace más de tres siglos), de la misma manera que mi generación se benefició de los suscitados en la década de los 80. Que las decenas de hashtags que hoy simbolizan casos tan dolorosos como #JusticiaParaLesvy y #JusticiaParaAbril no sean la constante sino solo un símbolo de movilización usado hace muchos años. Y que ello les recuerde que a ustedes les antecedieron decenas de miles de mujeres valientes -alrededor del planeta- que decidieron no callar más, que salieron a las calles a denunciar la opresión con la que viven, y a luchar para que las mujeres de mañana, como ustedes, puedan disfrutar de un mejor futuro. La responsabilidad es de todas y de todos y empieza hoy. Comienza en casa con la familia. Tengan la certeza de que mamá y yo estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo. Las amo.

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