Opinión

Aunque no lo crean, a todas nos ha pasado

Shanik David
@chaneke9 
Fotografía de Elizabeth Rodríguez

Aunque la violencia de género es un tema que se ha mantenido en la agenda mediática desde hace varios años, debido a la escalada de agresiones en contra de mujeres y al número de denuncias públicas de acoso y hostigamiento en diferentes sectores sociales, académicos, artísticos y políticos, existe un gran sector de la población que aún no comprende la magnitud del problema.

En particular, recuerdo dos escenas que me han pasado en los últimos meses, las cuales, considerando que se dieron en escenarios académicos, creo que son un indicador claro de la falta de conocimiento de esta situación.

Hace unos meses tomé un curso en mi trabajo donde nos pusieron en grupos de cuatro para platicar acerca de nuestra vida laboral anterior. En mi grupo éramos tres mujeres y un hombre. Al final del ejercicio, nos pidieron compartir con el resto del grupo qué fue lo que más nos gustó o llamó la atención de la actividad. Levanté la mano y dije algo que se me hizo curioso: las tres integrantes del equipo veníamos de sectores diferentes y todas habíamos pasado por algún tipo de hostigamiento por parte de nuestros jefes o bloqueo por el hecho de ser mujeres.

Al final de mi comentario vi las caras de susto de todos los hombres del salón: no podrían creer que tantas mujeres pudiéramos ser víctimas de discriminación en el ámbito laboral. Y fue cuando dije: todas las mujeres hemos pasado por algo similar, como para subrayarles a los presentes que sí era real. El resto de las compañeras del grupo asintieron y dijeron -de forma calmada- que era real. 

Algo similar pasó tiempo después. Me encontraba trabajando con un chico de servicio social en la oficina, un joven universitario de noveno semestre, cuando salió el tema de la violencia de género y me dijo: no sé qué haría si supiera que a mi mamá, mis primas o alguna de mis amigas la acosan. A lo cual respondí: seguro les ha pasado, pero no te has enterado. No pude evitar sentir ternura al ver su cara de sorpresa ante esta afirmación, como si esta idea nunca le hubiera pasado por la cabeza.

En la oficina se encontraba otra chica que colabora en el área, quien con mucha tranquilidad contó su experiencia y de otras mujeres cercanas a ella que han sido manoseadas en la calle. El chico no podía creer que a alguien de su círculo cercano le hubiera pasado esto.

Por desgracia todas lo hemos pasado. A todas nos han nalgueado en la calle, nos han tocado en el transporte público, nos han acosado, nos han hostigado o nos han hecho menos en el ámbito laboral, no por ser incapaces, si no por el simple hecho de ser mujeres.

Lo preocupante es que a pesar de lo mucho que se ha hablado del tema, los hombres lo ven como algo distante -como si habláramos del incendio en el Amazonas- y no como algo que le pasa a gran parte de las mujeres en su vida. Por eso cuando una dice: mi exjefe me sabroseaba, la reacción de los hombres cercanos es como si dijera: soy una alienígena.

Tomando en consideración esto, tanto el nivel de violencia, discriminación y de desconocimiento: ¿por qué sorprende que las mujeres tomemos las calles, pintemos grafitis y tiremos brillantina?, ¿por qué espanta que gritemos y toquemos en batucadas para hacernos escuchar, si cuando decimos las cosas nadie parece entender la magnitud del problema?

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