Opinión,  Primera

¿Necesitamos más series de narcos y masculinidad tóxica?

Por Juan Pablo Rosas
Fotografía de Brecht Bug 

Los medios de comunicación tienen mucha influencia en los valores y las prácticas que la sociedad adopta y replica. En México, los medios tradicionales siguen siendo de altísimo impacto y juegan un papel fundamental en la cultura del país: 98% de los hogares en el país cuentan con por lo menos un televisor y el 81% de los habitantes ve canales de la televisión abierta como principal fuente de entretenimiento e información (Delgadillo, A. 2017). Por esta razón, es importante prestar atención al contenido que se muestra en dichos medios y cuestionar a qué incentivan.

En los últimos años, ha habido una enorme difusión de series, películas y telenovelas con temática de narcotraficantes y el narcotráfico: su estilo de vida, sus problemas y las relaciones tanto de camaradería como de poder que se gestan entre ellos. El narcotráfico no es un problema exclusivo de producción y tráfico de drogas, sino que otros problemas están interrelacionados, como lo son la extorsión, los secuestros, el contrabando, la industria de la falsificación y hasta la trata de personas (Bataillon, 2015). Todos estos delitos relacionados con el crimen organizado son de los principales causantes de homicidios e inseguridad en México. Aún así, existe una gran veneración a esa narcocultura, tanto que en medios de comunicación masivos se ha normalizado el contenido relacionado con esa temática.

Pero, ¿por qué se venera la figura del narcotraficante? Podría resultar paradójico que se admire de tal manera a una figura que ha generado tanta violencia en México, pero desafortunadamente el gobierno mexicano ha fallado en cumplir sus labores para con la ciudadanía y es en estos fallos donde el narcotráfico ha encontrado un área de oportunidad: cubre algunas necesidades de la población y, por tanto, funge como autoridad. Es así como el narcotráfico recibe aceptación, legitimidad, protección, y respeto por parte la población.

Por otro lado, se ha expuesto un movimiento tanto cultural como artístico alrededor de los narcotraficantes, cuyas características son el poder y los lujos que adquieren por medio de actividades delictivas. Dicha cultura, donde abundan las camionetas de lujo, el alcohol, las drogas, las casas inmensas y excéntricas, las joyas y los encuentros sexuales, ha sido magnificada a través de series conocidas con temas de narcotráfico, como Los Capos, El cártel de los Sapos, El señor de los Cielos, La Reina del Sur, Narcos, etc. (Delgadillo, A. 2017).

La llamada narcocultura también es una muestra de la exaltación del narcotráfico. Imagen tomada de Plumas Atómicas.

El poder, la ambición, la relevancia social, el dinero, el sexo y la opulencia que se muestra en este tipo de contenido resultan, desde luego, atractivos para muchos niños y jóvenes quienes se ven inmersos en una realidad económica por lo general poco favorable y con falta de oportunidades laborales.

Los puestos que son generalmente de fácil acceso para jóvenes que inician en el mundo del narcotráfico son el halconeo, la distribución y el sicariato, cuyo ingreso varía dependiendo de la jerarquía que tenga el puesto. Se estima que los sicarios que trabajan para el Cartel Jalisco Nueva Generación ganan desde 20 mil hasta 500mil pesos mensuales, si es que han probado su lealtad y ascendido en la jerarquía del cartel (Notimerica, 2019). Si tomamos en cuenta el sueldo promedio de los trabajadores en el país, 13 mil 34 pesos, y en Puebla, 11 mil 655 pesos, de acuerdo con la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) para marzo de 2021, es evidente por qué el ser narcotraficante se convierte en un estilo de vida deseado.

Tomando en cuenta este contexto, vale la pena preguntarse cómo el modelo de masculinidad de los narcos, tan difundido en estos tiempos, abona al machismo. Resulta que hay muchas similitudes entre el estereotipo de narcotraficante y el modelo de masculinidad hegemónica, que se nos ha impuesto a los hombres en nuestra educación. tanto que, en medios de comunicación masivos, se ha normalizado el contenido relacionado con esa temática y en la heterosexualidad obligatoria, cuestiones que afectan a las mujeres, personas con cuerpos feminizados y disidencias sexuales. Es también un estructurador de las identidades individuales ya que contiene preceptos y exigencias los cuales, entre más se cumplan, hay mayores beneficios y mayor reconocimiento. (Bonio, L. 2002).

Es por ello que, generalmente, en los productos comunicativos las mujeres son retratadas con estereotipos de género: son acompañantes sexuales o cuidadoras. Cuando llegan a tener un rol de mayor importancia en la historia es porque ocupan algún puesto generalmente asociado con lo masculino y por ello son criticadas o cuestionadas. (Tiznado, K. 2017). De igual forma, estos productos normalizan e incentivan la violencia en contra de las mujeres, al mostrarse como un factor inalienable de lo que es ser un narcotraficante.

Ante esta situación, los medios de comunicación, como son en este caso la televisión y las plataformas de streaming, tienen responsabilidad cuando se trata de la normalización de una cultura machista que afecta por sobre todo a las mujeres y a otros cuerpos feminizados, así como a los hombres que no cumplen con este mandato de la masculinidad hegemónica, por tener alguna discapacidad u orientación sexual diferente a la heterosexual. La sociedad se ve influenciada por todo lo que se glorifica o se muestra atractivo a través de dichos medios.

En ese sentido, es necesario que estas compañías comiencen a generar e invertir en contenido con perspectiva de género que muestren e inciten a tener formas más sanas de relacionarse, desde el cuidado y la horizontalidad con todos y todas. También, que no normalice la violencia sistemática en contra de las mujeres, ni incite a los niños y jóvenes a ejercer violencia como forma de obtener validación, relevancia social y alcanzar la autorrealización. La sociedad actual no necesita más series que muestren fenómenos sociales complejos como lo es el narcotráfico, el cual glorifica el machismo, de manera irresponsable.

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