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Reflexiones sobre interseccionalidad y violencia contra las mujeres

Por Quetzali Bautista Moreno

Son ya varias décadas en las que se ha discutido la importancia de no dar por sentado que cuando hablamos de mujeres asumamos que se trata de una colectividad homogénea, sin diferencias. En las siguientes líneas les invito a reflexionar sobre la importancia y la necesidad de incorporar una mirada interseccional en la visibilización y cobertura que los medios de comunicación realizan en torno a las violencias que vivimos las mujeres. 

La interseccionalidad, de acuerdo Asociación para los Derechos de las Mujeres y el Desarrollo (AWID, por sus siglas en inglés), es una herramienta analítica para estudiar, entender y generar respuestas a las maneras en que el género se cruza con otras condiciones sociales (etnia, edad, orientación sexual, discapacidad) y visibilizar cómo estos cruces contribuyen a experiencias únicas de opresión y privilegio. Busca abordar las formas en  las que el racismo, la heterosexualidad obligatoria, la opresión de clase y otros sistemas de discriminación crean desigualdades que estructuran las posiciones relativas de las mujeres. Toma en consideración los contextos históricos, sociales y políticos. 

Resulta fundamental señalar que cuando se habla de interseccionalidad, no se está haciendo alusión a la suma de condiciones sociales que convergen en las personas, es decir, no es enlistar que se trata de una mujer, joven, indígena, con discapacidad y pobre, sino de mostrar la complejidad de la realidad social en la que vivimos, es recuperar las estructuras sociales económicas, políticas, religiosas y culturales que sustentan la discriminación y con ello la subordinación, la exclusión hasta llegar a la violencia por la que atraviesan colectividades específicas. Por tal motivo, vale la pena no perder de vista que esta herramienta de análisis ha sido fundamental para temas de suma trascendencia, como el respeto a los derechos humanos y la justicia social.

No debemos no perder de vista que seguir excluyendo esta mirada llevaría a reproducir esencialismos y generalizaciones, a invisibilizar a sectores minoritarios, colocándoles en una mayor condición de vulnerabilidad. Omitir este enfoque significa dejar de lado las experiencias cotidianas que mujeres concretas viven en relación a las manifestaciones de la violencia, en las que se violan una serie de derechos de manera sistemática por las instituciones, al negarles el acceso a la educación, al trabajo, a la justicia, a la participación política, al libre tránsito, en estos escenarios que enlisto no es sólo la condición de género la que interviene en estás practicas de discriminación, son diversas las condiciones que entran en juego. 

En contextos como el que vivimos desde hace ya varios años en Puebla, marcados por una creciente violencia hacia las mujeres -según la ENDIREH 2016– y por prácticas de discriminación que nos ubican en los primeros lugares a nivel nacional -de acuerdo con la ENADIS 2017-, la cobertura por parte de los medios de comunicación debería ir encaminada a desvelar las formas en que las estructuras racistas, clasistas, adultocéntricas y heteronormativas impactan las vidas de las mujeres. En este sentido quisiera destacar que en escenarios estatales como el poblano, vemos un aumento en la precarización de la vida de las mujeres, una situación que es política y económicamente inducida, que comparten con ciertas poblaciones que no cuentan con redes de apoyo sociales y económicas, exponiéndolas a mayor daño, violencia e incluso la muerte (Butler, 2010).

Asumir una perspectiva interseccional para informar sobre la violencia que vivimos las mujeres contribuiría a romper con los estereotipos y representaciones sociales tradicionales, mostraría la complejidad y el carácter estructural de la violencia. En este trabajo se hace necesaria la formación y la capacitación constante en materia de derechos humanos, perspectiva de género e interculturalidad, pero también se requiere del compromiso ético que apueste por la consolidación de la igualdad sustantiva. Por ello hago una invitación a seguir manteniendo y ampliando el diálogo crítico y propositivo entre organizaciones de la sociedad civil, las academias, los medios de comunicación y las instituciones gubernamentales, con el objetivo de diseñar programas y políticas de prevención y atención de la violencia contra las mujeres, con la profundidad, seriedad y complejidad que amerita.

Para cerrar esta reflexión quiero apostar por identificar a la interseccionalidad como una herramienta que necesita tener una mayor relevancia en nuestros contextos, en este sentido nos permitirá resarcir la escasa información con la que contamos respecto a las violencias que viven las mujeres y niñas indígenas, afromexicanas, mujeres con discapacidad, las mujeres de la comunidad LGBTTTI tanto en los contextos rurales y urbanos. Información que como lo había comentado anteriormente pueda contribuir a la construcción de sociedades en las que la diferencia se respete como parte de la diversidad sociocultural y no siga siendo utilizada para sustentar relaciones de desigualdad.  

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