Opinión

Vulnerabilidad e interdependencia: Un horizonte sobre la violencia hacia las mujeres

Por Quetzali Bautista Moreno
Fotografías de Brenda Palacios 

Hace más de un lustro me acerqué al tema de la violencia hacia las mujeres desde la antropología social. Primero en el contexto universitario y, posteriormente, integré el feminicidio en el estado de Puebla a mis preocupaciones de investigación. Fue así como dos cuestionamientos me fueron hechos de manera recurrente en los espacios donde presenté algunas reflexiones sobre el tema: ¿qué factores están detonando el aumento de la violencia hacia las mujeres? y ¿qué propongo para acabar con el problema? Ambos señalamientos pedían mi contribución en el análisis y la atención a este fenómeno sociocultural, llevándome a construir argumentos que permitieran enriquecer el diálogo y afrontar las exigencias de un tema tan complejo como la violencia que vivimos las mujeres.

En esta columna quiero plasmar algunas de las reflexiones que he construido a lo largo de estos años para responder esas preguntas.

Respecto a la primera interrogante, me resultó útil visibilizar que la violencia hacia las mujeres está anclada en una cultura de género –símbolos, normas, discursos y valores– que subordina lo femenino respecto a lo masculino, que naturaliza los deseos, los comportamientos y las prácticas de hombres y mujeres dentro de una lógica jerárquica. Esta cultura de género es en sí violenta. En este sentido, también es importante reconocer el ámbito sociocultural donde ocurren las expresiones de la violencia y que trasciende la dicotomía de lo público y lo privado, de lo individual y lo colectivo, dejando claro que estamos ante una problemática estructural, porque atraviesa todos los espacios y todas las relaciones .

En el Estado de Puebla –como en muchos otros lugares– podemos observar que la violencia hacia las mujeres es transversal: involucra contextos, instituciones públicas y privadas y discursos de los medios de comunicación. Caracterizarla se vuelve un aspecto central para tener claridad al momento de afrontarla y atenderla pero, sobre todo, prevenirla. Así, tenemos normas y valores respecto a la feminidad que siguen sancionando aquellos comportamientos que no van acorde con los ideales del ser mujer: salir de noche, beber alcohol, ejercer su sexualidad, su forma de vestir o, de manera general, decidir sobre su propio cuerpo. Esto nos coloca en una situación de mayor vulnerabilidad, entendida ésta como la propensión a sufrir daño.

Identificar y atender la violencia hacia las mujeres exige acercamientos de carácter interseccional, es decir, ver de qué manera la clase social, la edad, la etnia, la ocupación, la escolaridad, la orientación sexual, la discapacidad y -desde luego- el género se entrecruzan e intervienen en las experiencias de violencia que vivimos las mujeres. Acorde con la relevancia que cada una de estas condiciones sociales tenga en contexto particulares, es que la vulnerabilidad se distribuye de manera desigual. Tomar en cuenta la interseccionalidad permitiría diseñar políticas y programas más apegados a realidades socioculturales concretas.

En resumen, el incremento a la violencia hacia las mujeres está relacionado con: una cultura donde lo femenino está subordinado, las normas sociales que justifican la violencia en contra de los comportamientos que no van acordes con ideales de ser mujer y con las características interseccionales de cada persona.

Respecto a qué propongo para acabar con el problema, parte de la respuesta se encuentra relacionada con reconocer el carácter estructural de la violencia que -como lo mencioné un poco antes- implica todos los ámbitos de la vida. Así que la solución requerirá de un trabajo colectivo, que nos lleve a construir relaciones sociales que apuesten por el respeto a la diferencia y la igualdad como derecho. En este primer paso resulta necesario reconocer nuestra implicación individual y colectiva en la solución del problema.

Otra cuestión es poner en el centro la vulnerabilidad como parte de la condición humana, es decir, que todas las personas estamos expuestas -en mayor o menor medida- a sufrir algún daño a lo largo de nuestras vidas. También mirar a la interdependencia como una práctica política para resistir a contextos donde las vidas de ciertas personas están más expuestas a la violencia, ya sea por su condición de género, clase, etnia, ocupación o por la articulación de estas condiciones sociales. Lugares como Puebla, en los cuales las vidas de las mujeres son vistas como prescindibles, recuperar -tanto en el análisis como en la práctica- las condiciones de vulnerabilidad e interdependencia es fundamental en la prevención y atención de la violencia de género.

La potencia de esta propuesta recae, por un lado, en que nos permite distanciarnos de las miradas superficiales que responsabilizan a las mujeres por la violencia vivida, y por otro, nos permite reconocer la presencia o ausencia de redes de apoyo –familiares, económicas, afectivas, laborales y educativas– en las vidas de las mujeres, situación que las expone de manera desigual a las múltiples expresiones de la violencia.

En la práctica, pensarnos como sujetos vulnerables e interdependientes -no sólo términos personales sino colectivos- nos lleva a poner en el centro la creación y el fortalecimiento de esas redes de apoyo, que nos permitan afrontar la violencia alejada de la lógica individualista.

Para concluir esta reflexión quisiera señalar que la interdependencia en el análisis de la violencia hacia las mujeres, me ha llevado a observar que organizaciones de la sociedad civil han comenzado a crear redes de apoyo. Feministas, universitarias, artistas y periodistas están impulsando acciones colectivas -ya sea desde alguna plataforma digital o poner los cuerpos en las calles- para hacer frente a la violencia estructural y exigir a las autoridades mayor seguridad y justicia.

Sin lugar a dudas, hay mucho trabajo por hacer, pero es importante reconocer las redes que se están construyendo en el contexto poblano y seguir abonando a fortalecimiento desde los espacios de los que formemos parte.

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