Opinión,  Primera

Algunos apuntes sobre las violencias digitales y mediáticas

Brahim Zamora Salazar
@elinterno16

Mucho se ha hablado ya del caso de la youtuber Nath Campos y su denuncia contra Rix; también del impacto que tuvo el abordaje de la nota en el programa “Hoy” de Televisa y de los youtubers varones que saltaron a descalificar, cuestionar o intentar matizar la denuncia de Nath.

Mirando de cerca, este parece ser un caso paradigmático para seguir discutiendo el machismo y la violencia de género en los medios y en la industria del entretenimiento. Y es justo donde me gustaría detenerme a reflexionar, en la violencia que se genera detrás de cámaras y donde las corporaciones y agencias tienen un papel preponderante.

De la popularidad a lo viral

Estamos en un momento muy interesante de la historia, que se refleja no solo en el choque generacional entre las personas nacidas a finales de los años 90 y principios de este siglo, quienes representan a la población joven de México, y aquellas que nacimos antes de la popularización de la internet. Este choque generacional necesariamente pasa por pensar lo viral: quienes fuimos adolescentes en los albores de los años 90 o antes, seguíamos a personas que sostenían una meritocracia mediática muy marcada y construida en torno a lo que en ese entonces llamábamos “el índice de popularidad”, mismo que se sostenía no sólo de la exposición mediática de tal o cual personaje, sino de las razones por las que este tendría que ser popular: algún talento o al menos su belleza física.

La propia televisión, como bien lo refiere Jorge Carrión en su podcast Solaris (capítulo 11: Viralidad), fue quien experimentó primero con la realidad televisada en los finales de los 90 y principios del siglo, hasta que televisoras enteras (como MTV) transformaron sus contenidos a producir mayoritariamente realitys, cuya principal característica fue hacer famosa a gente sin ningún mérito para serlo. Comenzó, pues, la construcción de un nuevo tipo de producto estelar: la persona famosa que lo es solo por serlo.

Desde entonces, hay que advertirlo, se buscó dar la sensación de que lo que primaba era la espontaneidad y la cuarta pared se resquebrajó para invadir la intimidad de la gente haciendo su vida común. Pero nada de eso tenía un ápice de improvisación, porque entonces como ahora, es un negocio. Y es un negocio patriarcal, donde se explota el cuerpo, se centra el conflicto en la convivencia entre personas de todos los géneros, con alta tensión sexual de por medio, y donde se modula el escándalo sexual en función del rating, por ejemplo, en la franquicia Big Brother o en las series Shore de la mencionada MTV.

Con la llegada de Youtube y otras redes sociales, la popularidad se convirtió en viralidad, porque justo es lo que empezó a ocurrir: una dispersión viral de los contenidos, creados ahora por cualquier persona con acceso a una cámara. Los dueños de las redes sociales entendieron muy pronto que todo ese contenido se podía monetizar y fundaron una industria de la mano de las viejas estrellas populares por sus méritos. Lo viral pronto dejó también de ser espontáneo y empezó a ser controlado por los algoritmos. Hay instagramers, youtubers, tiktokers y tuiterxs para cualquier audiencia, porque ahora las audiencias somos personas en grandes cajas de eco que resultan muy confortables para emitir una opinión y alimentar aún más a esta industria. El sueño juvenil de ser una popstar se convirtió en algo mucho más tangible, pero igual de incierto: tener un canal de Youtube que me dé fama y, si es posible, dinero.

Otra vez, el problema es la empresa

Tal vez el poder y el problema del mismo radica en la peligrosa idea de que cualquier persona puede convertirse, de la noche a la mañana, en un hit de las redes solo por ser quien es. Los casos de Nath y otras personas dejan al descubierto que también se trata de un entramado corporativo, donde las decisiones no las toma al final la persona desde su celular y en la intimidad de su habitación, sino justo lo contrario: las personas son productos y son tratadas como tales (la manera en que Campos narra la frialdad corporativa y deshumanizante con la que su agencia la maltrató, da cuenta de ello).

Pero esto no solo pasa en las agencias que manejan las marcas que ahora son estas chicas y chicos, también ocurre desde la entraña de los colosos corporativos de las propias redes sociales, frente a otros casos de violencia digital que son cada vez más comunes, particularmente con instagramers y tuiterxs con mucho tráfico, seguidores y likes o potencial por sus fotos y contenido viralizable, como modelos a quienes les roban la cuenta o la imagen.

¿Qué está pasando? Pues que las plataformas abandonan a quienes comercialmente no le generan ningún interés, por un lado, como pasó recientemente con la instagramer chilena Virginia de María, a quien le robaron su cuenta original para extorsionarla. ¿Cuál fue la respuesta de la plataforma?, la propia Virginia narra “que al no poner nunca una tarjeta de crédito ni haber patrocinado nada, no soy prioridad para Facebook ni para Instagram al momento de considerarme como una cuenta cliente”. Contundente: como tú eres orgánicamente viral, no nos interesas, eres una usuaria y no una clienta. La revictimización, impune, hacia su usuaria.

En otros casos, con la expansión de la plataforma Only Fans (para venta de contenido propio, particularmente de índole sexual), ha habido robo de identidad en Instagram para crear perfiles falsos que anuncian fotos en el sitio mencionado, redireccionando a páginas de robo de datos o fraudes. Esto le ha pasado a jóvenes modelos e instagramers populares por la exposición de su cuerpo en la red.

En algunos casos los reportes surten efecto cuando se detectan a tiempo, en otros no y es necesario entonces llevar a cabo medidas de protección de manera particular y sin apoyo institucional, solo con la solidaridad de seguidores.

Nath Campos denunció violencia sexual por parte de Rix.

Desde el caso de Nath Campos (que deja al descubierto que las agencias de management están a años luz de una buena integración de políticas y cláusulas contractuales sobre la violencia de género y sexual) hasta las agresiones de delincuentes digitales sin protección de las plataformas donde estos hechos ocurren, la violencia digital tiene otros trasfondos y formas que vamos descubriendo conforme se va documentando. Podemos, entonces, hablar de violencias digitales, pues se van configurando diversos tipos de fines, medios y formas de ejecución.

En medio, siguen estando los medios tradicionales, con sus propios valores desactualizados de los nuevos contextos, donde las señoras y señores que conducen sus matutinos deben rectificar sus opiniones, porque éstas ciertamente no fueron emitidas en un tuit o en una historia de Instagram, sino en cadena nacional, que aún tiene un peso específico en el impacto que la población recibe con la manera en que se comunica lo que ocurre en la viralidad. Esta convivencia entre viejos y nuevos medios va dando cuenta del cambio no solo generacional sino ético, deja cada vez más delgada la cortina que separa lo público de lo privado. La pregunta que queda es ¿qué papel debería jugar o no el Estado en todo este entramado?

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